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"Cátedra Libre Educárcel": Sobrevivir la cárcel, las marcas del encierro
Ultima actualización 9 de febrero de 2012.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Sobrevivir la cárcel, las marcas del encierro

Por: El Universal /México, D.F.

¿Cómo se sobrelleva el encierro? ¿Quiénes sobreviven ahí dentro? 


Responderlo es un ejercicio estéril para muchos reclusos, pero uno de ellos resume: La jaula, aunque de oro, nunca deja de ser prisión.
“Ya lo que pido es perdón de Dios, perdón de las autoridades, perdón de todo el mundo para ya poder salir”.
Y efectivamente, Manuel Arévalo Guillén, un hombre compacto de 34 años y condenado a 46 de prisión, salió de la penitenciaría de Santa Martha Acatatitla.
Lo hizo a tan sólo 48 horas de haber pronunciado, en entrevista, esas palabras. Voló de la jaula. Se ahorcó dentro de su estancia.
“Me siento readaptado, el problema es si los demás lo creen”.
Esa fue su última respuesta a una serie de interrogantes sobre su vida en reclusión y las posibilidades de cambio dentro de la cárcel.
Pero lo que “los demás” o la autoridad evaluaron, readaptado o no, eso simplemente ya no importó.
¿Cómo se sobrelleva el encierro? ¿Quiénes sobreviven ahí dentro? ¿Qué marcas deja la cárcel?
Responderlo para muchos internos es un ejercicio estéril. Porque como resumía Manuel “la jaula, aunque de oro, nunca deja de ser prisión”.
Y pocos, más aptos para describirlo.
Pasó la mitad de su vida, “mis mejores años” zanjó, en reclusión: desde los 19 “de un módulo de máxima seguridad a otro, siempre encerrado, humillado” al grado que llegó “a desconfiar de Dios”.
Pero el viernes previo a su suicidio, el domingo 20 de enero, su cuerpo -una masa cuadrada de músculos-, sus manos -hinchadas y siempre en movimiento- y su mirada -sólo de vez en vez directa a los ojos- denotaban esperanza pura.
Estaba entre los reclusos estrella de la Peni, donde a decir de los propios internos están los peores delincuentes de la capital: violadores, secuestradores, narcotraficantes y homicidas o multi-homicidas como “El Chuta” como se conocía a Manuel ahí dentro.
Era campeón de box y de americano. Es más, fue a sugerencia del propio director de la Peni que se entrevistó a “El Chuta”.
A Manuel no le importó que se difundiera su nombre o que se le fotografiara, su inquietud consistía en verse aseado, y por ello acomodó su gorra rojo sangre.
Recientemente, se le había nombrado coordinador del área deportiva de Santa Martha Acatitla: “no le voy a decir que soy el mejor, pero sí soy de los internos que representa a la penitenciaría; me he traído los triunfos”.
Por ello confiaba en que obtendría en un futuro no muy lejano su libertad. “Las autoridades me han apoyado”, insistía; y luego cumplía con la pleitesía “la cárcel ha cambiado, nos tratan mejor”.
Esperaba salir en 8 años, con tan sólo 23, y no 46 años compurgados.
Esto, a pesar de ser reincidente -su segundo homicidio lo cometió ya recluido- y violento, limitantes para la obtención de beneficios de Ley.
Pero Manuel, como alrededor del 15 por ciento de los internos de la capital según estimaciones del Gobierno, llevaba ya unos cuantos años inmerso en actividades de “readaptación”.
Dicho de otro modo, juntando constancias que acreditaran un cambio.
Porque en la jaula, como dicen los presos, sólo “papelito habla” y para la readaptación hay que “asistir a cursos, a actividades del centro de psicología y de la unidad de deportes y trabajar para el Gobierno” dijo.
Sin embargo, eso llamado readaptación y que fundamenta la existencia de nuestros centros de reclusión, parece ser el mayor reto dentro de la cárcel.
“Hay muchas paredes, muchas bardas para lograr eso”, explica Antonio Javier Castillo, Toño, quien optó también por volar en la jaula.
Pero a diferencia de Manuel que se mató en su estancia, Toño vuela casi a diario dentro de una de las cuatro aulas de la Peni, donde sueña obtendrá su libertad anticipada gracias a la carrera de derecho que cursa ahí dentro.
Porque cada quien asume el encierro como puede.
Muchos en un viaje sin retorno o sin destino: “necesitamos de droga para sobrellevar el encierro” explica Fernando Valdez, mientras sostiene un alebrije recién terminado en el área de trabajos del Reclusorio Norte, donde paga una condena por violación.
Coca, mota, tachas y a volar. Sólo hay que pagar.
“El que no era adicto, aquí se vuelve” suelta Toño mientras intenta explicar, con la Constitución en mano, porque no debió ser acusado de homicidio, sino por lesiones.
“En la cárcel sobrevive no el más fuerte, sino el más inteligente”, resume.
Y eso que en la Peni, la competencia por espacio, por agua, por comida, por luz, por trabajo y por ende por un peso que permita el pago del pase de lista o de un cigarrillo, es menor que en el Reclusorio Norte donde el hacinamiento es notorio a simple vista.
Por ellos la mayoría asegura que a la cárcel se va o a empeorar o a “trabajar” -apilar papelitos- por la libertad.
“Yo vivía en un núcleo social muy desorganizado donde se veían asaltos, se repartía droga” recordó Manuel, “El Chuta”, conforme clavaba frenético los puños en una de las peras fijas a un costado del ring de la Peni.
“Entonces cuando ingreso al penal, me fue fácil seguirme en más situaciones”.
Fue guarura, golpeador, traficante y hasta matón ya dentro del reclu.
Pero, insiste, sólo hasta que encontró a Mónica, su amada y madre de “tres bebés” concebidos durante la conyugal.
Por ella toleró que lo llamaran “arrepentido”, “espantado”, “agarra-biblias” cuando decidió enderezar el rumbo.
No pudo. Cómo no puede la mayoría ahí dentro.
¿Cuál de todos los 35 mil y tantos que quedan volará próximamente de la jaula? ¿En qué viaje?
Manuel, salió en bolsa. Y confesó horas antes: “¿qué me ha dejado la cárcel? Frustraciones, humillaciones, valoración y mucho amor hacia mis hijos y mi esposa”.
¿Readaptación?
En los últimos cinco años, según datos del Gobierno capitalino, han pasado 185 mil hombres y mujeres por los once centros de reclusión del Distrito Federal.
En su mayoría, se trata de varones entre los 20 y 30 años, primodelincuentes y sentenciados por delitos menores.
Pero, la cárcel es la misma para todos. Violentos o no, reincidentes o no, culpables o no.
Y la constante, a decir de la propia autoridad, es la escasez: “Todo fue planeado para una capacidad de 22 mil internos y tenemos 34 mil 500 entonces es una disputa permanente por todo”, explica Juan José García Ochoa, subsecretario de Gobierno y hasta hace unas semanas responsable de los Centro de Readaptación Social del Distrito Federal.
La expectativa es que para el año 2012 la población penitenciaria rebase los 42 mil internos por lo que la sobrepoblación será del cien por ciento; con todo lo que ello implica, porque “no hay condiciones de readaptación social hoy por hoy en nuestras cárceles”, asegura Elena Azaola, investigadora del Centro de Investigaciones Superiores de Antropología Social y quien, junto a un grupo de académicos del CIDE, realizó una evaluación del sistema penitenciario en el Distrito Federal.
El estudio revela que no sólo las prisiones están sobresaturadas y son “sumamente costosas para la sociedad”, sino que quienes están dentro en realidad no deberían estarlo.
“No hemos sido capaces de diseñar sistemas de penas alternativos para quienes no requerirían estar en prisión” por tratarse de delitos menores y en cambio se favorece un modelo que se “concreta a llevar a más personas en prisión” sin cuestionarse si ello conlleva a la readaptación o a abatir la criminalidad.
Las autoridades argumentan que esto fue a raíz de las reformas legislativas aprobadas en 2003 en las que se aumentan penas y dificulta la posibilidad de liberaciones anticipadas.
Cierto o no, el elevado índice de reincidencia, muestra “el fracaso” del sistema penitenciario a decir de Azaola.
Sus cifras, sin embargo, difieren de las oficiales.
Mientras el Gobierno habla de un 20 por ciento de reincidentes, Azaola y el CIDE, refieren un 40 por ciento.
Este año se duplicó el presupuesto al sistema penitenciario con la intención de aminorar sus deficiencias.
Pero, la Subsecretaría de Gobierno reconoce que el reto no es sólo de recursos:
“Tenemos que lograr que la autoridad prevalezca en las instituciones penitenciarias, que se respeten las normas internas, que no haya corrupción, que se toleren las drogas y eso se va a lograr conforme tu infraestructura aumente”.
Fundaciones como Segunda Oportunidad, orientadas a apoyar a ex reclusos, indican que el reto está en otorgar oportunidades de trabajo.
Javier Fernández, víctima de un secuestro y presidente de la ONG, brinda trabajo a ex convictos.
No tiene fe en las autoridades, pero mantiene la esperanza en que a mayor crecimiento y mayores oportunidades en la legalidad, menor violencia y por ende menos cárcel.

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