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"Cátedra Libre Educárcel": La Facultad de Derecho y el derecho a estudiar de un preso
Ultima actualización 9 de febrero de 2012.

sábado, 7 de noviembre de 2009

La Facultad de Derecho y el derecho a estudiar de un preso

Fuente: Mendoza ONLINE (5 de noviembre de 2009)

Máximo, interno del Penal, eligió ser abogado. La facultad lo inscribió. Hizo el preuniversitario. Le designaron tutores académicos. Rindió dos exámenes previos. Estudió y preparó su primera materia. Dos días antes de rendir, la institución lo deja sin su sueño. Quiénes son los responsables y cuál el concepto de inclusión que manejamos. Máximo, el pobre, quedó al mínimo.
 
Por: Ulises Naranjo

Contra lo que pueda suponerse, lo más probable es que, si uno pudiese volver a escribir la historia –tal como lo intentó Pierre Menard, el autor de El Quijote– lo haría tal como la conocemos, sin cambiar un solo suceso, por nimio que sea.

Por ejemplo: elegiría otra vez ser hermano menor de un simio con veleidades, levantaría el discurso del mundo a partir de los conceptos, inventaría un puñado de dioses para garantizar poder y temor, consideraría al amor como un perfume de lo perdido, dejaría caer otra vez las bombas sobre el Japón y permitiría nuevamente a D10go hacer el gol con la mano a los ingleses.

Siguiendo esta línea, vamos al punto: muchos parecen querer que los delincuentes fracasados (o sea, los que terminan en cana, por ser pobres) sigan siéndolo –en su pobreza, en su exclusión, detrás de sus tatuajes, limitaciones y torpezas y su ferocidad–. Quieren que sigan siendo delincuentes porque, de ese modo, ellos concluyen en el hecho de que son inocentes.

Y así anda el mundo: mal, anda. Los delincuentes exitosos –cuyo daño social es exponencialmente más grave– nunca son encerrados y los que delincuentes que fracasan no son insertados y, cuando quieren hacerlo, cierto es que les va para el tujes. Vamos al caso de un preso al que, la sociedad –esta vez en al piel de la Facultad de Derecho de la UNCuyo– le está diciendo a los gritos que no, que no deje de ser delincuente.

Mirá si después el tipo se reforma, se vuelve abogado –encima uno honesto– y después no tenemos a quién echarle la culpa…


¿Qué más quieren?


Antes que nada, una aclaración: la que daremos a continuación es una versión no cotejada con la citada facultad, pero, como corresponde, mañana pediremos a esa institución pública, en la persona de su Secretaria Académica, María Elena Olguín, o de su decano, Ismael Farrando, sus visiones del hecho.

Según charlamos con los tutores académicos del interno (alumnos del último año de la carrera de esa facultad), la cosa es así: Máximo es un interno de nuestra Penitenciaría que se decidió a estudiar Derecho a través del programa “Educación en contexto de encierro”.

Máximo fue inscripto en la Facultad de Derecho de la UNCuyo, aún sin haber terminado su ciclo secundario, pues así lo habilita la ordenanza 46/95 del Consejo Superior y aun lo habilitaría la Ley de Educación Superior  (24.521 en su art. 7).

Como habrá estado de habilitado el hombre que fue inscripto. Eso y más: cursó el preuniversitario, rindió dos exámenes de ingreso –que aprobó–. Eso y más: en julio, la facultad le designa dos tutores para que ayudarlo a estudiar –cosa que hace¬–. Eso y más: vota en las elecciones del Centro de Estudiantes. Eso y más: Máximo prepara su primera materia. Eso y más: es inscripto por la institución.

Sin embargo, dos días antes de rendir, autoridades de la Facultad de Derecho de la UNCuyo comunican a los tutores que Máximo “adeuda materias del polimodal y que no podrá continuar con las tutorías y que por lo tanto tampoco podrá rendir su primer materia”.

Lo mismo, luego, le comunican a él, también de manera informal. O sea: le dicen, Flaco, seguí en la tuya, porque no podés entrar en la nuestra.

“La Ley de Educación Superior  (24.521 en su art. 7) y la Ordenanza 46/95 del Consejo Superior dicen que  existe un sistema alternativo para entrar a la Universidad. Para acceder al mismo es necesario: tener más de 25 años (Máximo los tiene); tener la primaria completa (que también la tiene); tener preparación y/o experiencia laboral acorde con los estudios que se propone realizar. (¡Qué mayor preparación que haber cursado el preuniversitario!) y tener aptitudes y conocimientos suficientes para cursar satisfactoriamente. Y él rindió bien los exámenes de ingreso; además está comprobado que tiene las aptitudes y conocimientos necesarios, e incluso tiene más conocimientos, propios de la carrera. ¿Qué más quieren”, brama el pobre Ariel Herrera, estudiante del último año de la carrera y tutor de Máximo.

¿Qué más quieren?, puede preguntarse Máximo también.

Está claro que este hecho, de haberse presentado como referimos, es gravísimo. ¿Cómo es posible que una universidad pública haga cumplimentar tantos pasos administrativos a una persona, la haga ingresar a la institución y luego le dé una patada en el traste?

Este que escribe no es abogado, pero algo en todo esto debe haber relacionado con las expectativas generadas, los derechos adquiridos y los actos propios. Y hay también un concepto que en lugar de respuesta se vuelve pregunta: ¿cuál es la idea de inserción que manejamos?

Por ahora la respuesta está soplando en el viento; veremos luego qué tienen para decir las autoridades académicas, a fin de ilustrarnos, despejar dudas, determinar responsabilidades y poner luz en una situación por demás irregular.


Máximo, al mínimo


Vamos a dejarnos ir con la relación que esta situación provoca, aclarando que ya estamos en terrenos de la libre analogía.

Cuentan los memoriosos que cuando Juan Bautista Bairoletto quiso hacer vida tranquila, ordenada, solitaria e innominada, no lo dejaron. Propios extraños, policías y delincuentes, ignotos y famosos, todos quisieron que Bairoletto siguiera siendo Bairoletto y que muriera como tal.

A muchos presos que intentan insertarse, les ocurre lo mismo. Para que el infierno sea infierno, siempre es necesario que conserve sus iniciales.

Tal vez Máximo hubiese sido un buen abogado, pero no lo sabremos. Por ahora, sólo seguirá siendo un mal delincuente.


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