"Enseñar exige comprender que la educación es una forma de intervención en el mundo" - (Paulo Freire)
"Cátedra Libre Educárcel": La cárcel y el control social. Un desarmadero identitario.
Ultima actualización 9 de febrero de 2012.

martes, 24 de agosto de 2010

La cárcel y el control social. Un desarmadero identitario.

Fuente: Revista "Encrucijadas n° 43".

Con numerosas referencias culturales e históricas, el autor analiza el proceso carcelario como un verdadero desarmadero de la identidad, donde el individuo es despojado de todos los roles adquiridos a lo largo del ciclo vital, hasta que no queda ninguno. Esto genera un trastorno mayor que la anulación del paso del tiempo calendario: ¿qué hacer al terminar la condena y salir del encierro?


Jorge Franco
Psicólogo, UBA. Profesor Adjunto de Teoría y Técnica de Grupos, Facultad de Psicología, UBA.


La cárcel es equivalente a un viaje, que puede ser terrestre, aéreo o subterráneo. La estadía, un fracaso o bien, un éxito, un logro. A veces representa una oportunidad que debe ser aprovechada, pero generalmente es una pérdida de tiempo. Está asociada con la vergüenza (social) o bien puede ser exhibida como mérito, un sacrificio, un aporte a la comunidad. Puede finalizar en una nueva vida o en la muerte.

La pena de muerte es evitada casi siempre, pero a veces se la representa como una solución (Milagros, La canción del verdugo, A sangre fría). En los últimos tiempos, el cine la ha convertido en una circunstancia idealizada, heroica. Una lucha contra la injusticia, una rebelión contra la tortura y la dictadura, un ejercicio de suprema inteligencia y astucia. Una exhibición de sadismo y perversión. El desarrollo de una ideología social: el panóptico (Bentham, Foucault). La literatura y la historia están organizadas alrededor de la cárcel: Sócrates, preso, y la cicuta evita la fuga. Espartaco lucha contra los romanos y organiza la rebelión, evitando un final de circo. El Hombre de la Máscara de Hierro, el reino de Francia y la gran nouvelle, aún vigente Los tres mosqueteros, sobre el honor y la dignidad, hoy de moda. En nuestra época, la Modernidad se inaugura con el affaire Dreyfuss, la Isla del Diablo (Guyana francesa) y Emilio Zola, con su “Yo Acuso”.

La Lubianka de Lenin, el Gulag de Stalin contado por Solzhenitsyn, Mussolini metiendo preso a Gramsci y sus Cuadernos de la cárcel que renuevan el marxismo y le dan aire hasta el fin de siglo. Los “campos” de Hitler y sus ghettos. Esta innovación da lugar a la extensión de la “idea”: Sudáfrica, Sowetto, Rodhesia (Inglaterra), Argelia (Francia), y una curiosa excepción: Ceuta y Melilla (España y Marruecos), donde los nativos aclaman al rey Juan Carlos cuando los visita. “Detenidos” de lujo.

Algunas cárceles institucionales han ganado fama en nuestros tiempos: Alcatraz (Sean Connery, La Roca), Attica (un ejemplo de control capitalista extremo que culmina en la más grande matanza en este tipo de institución), Papillón (la huida de un personaje real de una cárcel francesa, la misma donde estuvo Dreyfuss), La fuga, el escape de una prisión de Texas de Steve Mc Queen, a la que estaba condenado pero a la que nunca entra, que termina aplaudida por el público cuando cruza la frontera con México, junto con la plata y la chica de sus sueños (Ali Mac Graw). Z, de Costa Gravas, donde un tribuno pacifista es detenido, juzgado y asesinado en la dictadura griega. San Quintín, en Estados Unidos, y su pabellón de la muerte, iguales todos donde Susan Hayward protagoniza a la primera mujer condenada ejecutada con pastillas de cianuro. En fin, el prisionero más moderno de la Tierra, Galileo, el científico que da el giro al planeta con un telescopio, la Inquisición y la Iglesia pidiendo disculpas quinientos años después. Justos y pecadores: todos a la cárcel. ¿Por qué? Disonancias cognitivas.

Controlar las disonancias cognitivas
Es imposible evitar sentir rechazo, sensaciones de repulsa al percibir opiniones contrapuestas de nuestras creencias. El trabajo de Leon Festinger de 1952 da cuenta de este fenómeno psicológico universal, no pasible de ser controlado. En la actualidad se llevan a cabo campañas para generar “consonancias cognitivas”. Los matrimonios se disuelven por disonancias cognitivas. La cárcel es un intento de controlar las mismas en el nivel social. Esto incluye transgresiones definitivamente perversas a cargo de todo tipo de criminales, incluyendo los máximos y hoy famosos “asesinos seriales” que comienza con el primero de ellos, “Jack el Destripador” (Londres, 1880), aún hoy no identificado consistentemente.

En suma, la cárcel, el encierro es una innovación para atenuar, controlar, eliminar las disonancias cognitivas, o emocionales o socialmente peligrosas. ¿En qué consiste? En aislar y controlar el primer axioma de comunicación humana: es imposible no comunicarse. Y es cierto. Todos debemos comunicarnos, pues si no el marasmo nos mata (Bowlby, los cuidados maternos y la salud mental, las guarderías de Ana Freud, las emociones básicas de Melanie Klein, paranoia y depresión). Y al quedar incomunicados, detenidos, encarcelados, la reacción es de marasmo. Ansiedad, depresión, anorexia, ira, astenia, abulia, abandono y final…

Remedio: Deporte, deporte, religión, comida (mala) visitas (a veces) y sexo en formas muy particulares y no institucionalizadas. ¿La cárcel es un lugar romántico? Y sí, a veces, pero algunos personajes… pocos, hay correspondencia en tal sentido que lo prueba, procesos de enamoramiento entre detenido y cuidador/a. El mejor e inolvidable ejemplo de amor y supervivencia es Pasqualino, sette belleze (Gian Carlo Gianini, Italia fascista y los nazis invadiendo y deteniendo disidentes). El final de amor: Pasqualino se encuentra con su novia napolitana y se casa “para tener muchos hijos” que no sean como “ellos” (los invasores).

El momento de máxima contradicción en la detención es que el “cuidador” no produce tranquilidad, rélax, sino que aumenta el estrés. O sea, que el proceso de adaptación está fracturado por el propio sistema. Solución: encontrar “otro” cuidador.

Puede ser interno (otro recluso) o exterior (familiar, amigo en el afuera). Puede ser real (es conveniente), imaginario (bordea la psicosis). Un máximo ejemplo es el caso de los asesinos que Truman Capote va a visitar hasta el día de la ejecución a la que asiste. Surge un documento literario único en la historia, A sangre fría, donde La canción del verdugo de Mailer se aproxima y complementa.

Despojamiento de roles
El proceso de cuidado va acompañado de un segundo mecanismo: la teoría del rol explica cómo el sujeto es despojado de lo más importante: esto, sus asunciones de rol, siendo el primero siempre el de hijo, adscripto, más todos los roles adquiridos a lo largo del ciclo vital, que pueden ser quizás a veces más de veinte en personas de excepción, pero que en general no pasan de seis o siete. Bueno, no queda ninguno. Esto genera un trastorno mayor que la anulación del paso del tiempo calendario que es reemplazado por el tiempo carcelario: el plazo de la condena. Este siempre tiene un final, pero el despojamiento de los roles no tiene arreglo y va a generar el mayor problema nunca resuelto después de finalizar la detención y pocas veces presentado en toda su magnitud: ¿qué hacer al terminar la condena y salir del encierro? En realidad no tiene solución. Es imposible retomar el hilo conductor (Kant, citado por Baudrillard) de la propia vida. Esto produce pánico. La clave no está en que el detenido aprende “cosas malas” en la cárcel, sino que en la cárcel los “cuidadores” le proporcionan (inadvertidamente) una “solución” a la vuelta a la vida “real”. ¿Por qué nadie se ocupa? Pues porque tal problema va a acontecer cuando ya el sujeto no esté detenido. Esta cuestión fue tempranamente advertida por un novelista ya no leído: Jakob Wasserman, quien una novela de una famosa trilogía que publica en 1925 (la segunda de las tres) llamada Etzel Andergast (nombre del protagonista) planea huir días antes de salir en libertad para luego y finalmente suicidarse porque no puede readaptarse al mundo. O sea, la reinserción debe no ser sólo social, sino primeramente en un haz de roles (Gross, 1961) que se adecuen a la nueva situación que va a encontrar afuera.

Esto es, un programa de seguimiento (follow up) sistémico que atienda a todos los detalles, que transite durante su readaptación que tiene que ser llevada a cabo no en lugares artificiales (trabajos para presos) sino en situaciones reales, donde la situación sea transparente y conocida por los actores donde se vaya a desempeñar. Y si no es así, es mejor quedarse donde está o volver lo más rápido posible.

Un antecedente de estas conclusiones ya lo hizo Gofman en Aislados. En suma, el encierro –detención–, la cárcel, panóptico que semeja castigo, corrección, vergüenza, culpa, en realidad se presenta como un mecanismo semejante a un “desarmadero identitario” pero sin control, motivo ni finalidad específica en su aplicación para el individuo.

El resultado es una combinatoria absolutamente impredecible para el proceso judicial, la institución, la sociedad y los supuestos, para el actor mismo.

Se cuenta con recursos neuro-cognitivos-emocionales de alta potencia de cambio para dirigir el proceso de reestructuración de roles durante el proceso de detención que produciría resultados superiores a los obtenidos hasta el momento. Es un procedimiento fenológico, no una declaratoria tautológica sobre derechos humanos.

0 comentarios: